"Si no podemos vivir juntos, moriremos solos"
Jack Shephard (Lost)

viernes, 7 de mayo de 2010

EL MITO DEL FUNCIONARIO


Cuenta la leyenda que los funcionarios son personas que no suelen hacer mucho, que se quejan bastante y que como norma general no cobran mal. De ellos, se dice que hasta se echan desodorante en el dorso de la mano, porque es lo único que les suda como motivo de que su trabajo consiste en eso: enfundarse las manos debajo de los sobacos.

Hay quien dice que hasta alguno de ellos tuvo que buscar la palabra sudor en el diccionario y que la primera vez que les brotó este líquido por la frente se asustaron bastante. Son las 21.30 y estoy trabajando, no, no soy funcionario. Soy periodista y en nuestro gremio se supone que a veces no tenemos horarios, como principal consecuencia de que la información surge a cualquier hora y de que los cierres de números a veces nos pillan en ropa interior femenina.

Sin embargo, hoy me he encontrado a dos funcionarios trabajando, como yo, a pesar de que era viernes por la tarde-noche. Los dos extraños sujetos pertenecen a diferentes gabinetes de comunicación uno al del Ministerio de Industria y otro a la Consejería de Industria del Gobierno de Aragón. Estoy a la búsqueda de un médico de cabecera para que trate la enfermedad de estos dos personajes, pero por aquello de que son funcionarios no hay ninguno a la vista.

viernes, 23 de abril de 2010

LA METÁFORA DE LA ARDILLA


La ardilla es un animal de una belleza inquietante, quizás porque sea muy ágil, muy rápida y además tenga esa mirada intensa que destilan los animales que tienen mucha fe en si mismos. Pequeños roedores que poseen una simpatía casi magnética, una figura muy proporcionada, un marrón suave pero intenso y una cola que parece que se la han robado a un peluche.

Sin embargo, si quieres disfrutar mucho tiempo de una ardilla no puedes enjaularla, si pruebas a tenerla en casa en un terrario, el diminuto mamífero se muere de pena y de no poder correr por el campo. La tienes en tu hogar, sí, pero ya no es una ardilla, es un animal que se ha vuelto vulgar: ya no corre, ya no trepa…. Por el contrario, las ardillas que viven en los bosques las puedes apreciar pocos ratos seguidos, pero a la larga es más tiempo el que podemos disfrutar de ellas.

De hecho, si consigues que una ardilla confíe en ti, llegará a comer de tu mano, se paseará ante tu mirada, trepará la mitad de un árbol y te observará como diciendo “esto tú no lo haces”, lo más seguro es que al rato o quizás al día siguiente, vuelva y te salude con un toque de hocico en tu palma abierta, así una jornada tras otra.

Deberíamos tomar nota y no querer hacer con las personas que nos importan –hijos, amigos, pareja- lo que no podemos hacer con una ardilla. No debemos enjaular a los que nos rodean, aplicar nuestra lógica, pedir que la compartan y finalmente matarlos –metafóricamente- por la desidia de querer tenerlos constantemente a nuestra vista. Dejémosles respirar, vivir a su manera y compartir esos instantes que nos brindan en los momentos en los que un gesto merecen una vida entera.

TE ESPERO EN MI SILLÍN

Lo primero que quería escribir esta noche es una disculpa, en primer lugar a mi mismo por no haber cumplido con mi cometido de escribir de vez en cuando en este blog que tanto me costó arrancar y posicionar, y también disculparme ante ti que habías cogido la sana costumbre de leerme de vez en cuando. Supongo que es normal que cuando trabajas escribiendo lo que menos te apetece en tus ratos libres es escribir. Sin embargo, a mi esto es algo que me ocurre con una ligera rareza: me apetece juntar letras, pero no encender un ordenador.

No os aburro más con mis explicaciones de porqué no he cuidado un poco más este blog, aunque no me quería dejar en el tintero que cuando abrí esta bitácora lo hice con intención de encontrar un trabajo y como es algo que por azares del destino –y mucha suerte- lo he conseguido, quizás ahora no sentía la necesidad de escribir. He encontrado trabajo y sacio la sed de letras día a día.

Esta última idea es inevitable tenerla en la mente cuando no escribes, y además siempre piensas que el siguiente domingo vas a ponerte otra vez y así sumas un tiempo casi incontable en el que has defraudado a los lectores y, por supuesto, a ti mismo. Sin embargo, todas las excusas se te van al traste en una noche de primavera que parece de verano, porque das muchas vueltas y no duermes de las mil ideas que tienes en la cabeza. Y sólo hay una forma de sacártelas: escribirlas, maquillarlas y contártelas a ti en forma de columna digital. Pido disculpas, estaba cerrado por obras mentales. Te espero en mi sillín.

jueves, 4 de marzo de 2010

DESENCHÚFALO


Todos los días me cuesta una barbaridad levantarme. Pensaba que era fruto del frío, pero resulta que a medida que va haciendo mejor tiempo las ganas de quedarme en el lecho no se me pasan. Me visto rápido, desayuno, hago la cama y me voy a trabajar –la ducha la reservo para la noche. A esta rutina (vestirme, desayunar y hacer la cama), podría añadir la de sentir lástima al ver a un niño de poco más de cinco años en la calle jugando con una videoconsola portátil, todos los días, sin levantar la vista de la pantalla.

Y sí, siento lástima y pena, porque con cinco años está sólo. Sólo en un mundo que nadie más comprende, un mundo virtual ajeno a su padre que permanece a su lado físicamente, pero con el que no media ni media palabra. El niño cada día tiene la mirada más fija en la pantalla de su videojuego, mientras el padre mira absorto al horizonte. Me dan ganas de agarrar al niño, quitarle la videoconsola, y contarle un cuento o preguntarle por las cosas que le preocupan.

Supongo que eso será más difícil, que el padre ‘bastante’ tendrá con su oficina, su director y sus preocupaciones. Que el niño ya tiene bastante con aquella videoconsola que le regaló en reyes y que tantas satisfacciones le ha producido desde entonces. Supongo que los que me leéis y sois padres, pensaréis “ya verás tú cuando tengas que criar a un hijo después o antes de una jornada de duro trabajo”.

Sin embargo, tengo mis principios y hay algunos a los que no renuncio por nada, ni siquiera porque esté muy cansado y me cueste levantarme de la cama y uno de ellos es criar a mis hijos como seres sociales, como pequeños hombres que se relacionan con la gente que los rodea. Deseo verles crecer –dentro de unos años-, jugar con ellos y preocuparme con ellos y por ellos. No es prohibir los videojuegos, es tener sentido común: un niño de cinco años no puede estar todos los días en la calle jugando con la videoconsola, sin guantes –con un frío que pela- y con el padre al lado sin tener el más mínimo contacto con su crío.

Hay estudios que dicen que un niño de ocho años ha visto más asesinatos que ancianos que vivieron la guerra. A los niños les deben criar los hombres; ni la tele, ni las videoconsolas. Si nos olvidamos de esto, si olvidamos la esencia del ser humano, entonces estamos perdidos.

miércoles, 17 de febrero de 2010

SAN SEBASTIÁN, TIERRA DE MATICES


A veces no hay que cerrar los ojos para dejarse llevar a un sitio en el que estuviste a gusto o que simplemente te deslumbró., San Sebastián es de los lugares a los que tenía ganas de ir, así que no busquéis objetividad. Reconozco que soy tan amante del norte como del sur y que el levante –salvando muy pocos lugares- es donde más pereza me da ir –aunque, como siempre, no es el dónde sino el con quién. El norte español destaca por su paisaje y por la naturaleza que sobrevive en algunas zonas donde el verde aún se hace notar, a la vez que tropiezas con el mar casi sin darte cuenta.

San Sebastián es una tierra de contrastes y, aún más, de matices. La gente es muy amable –de hecho, es extremadamente cercana- y, a veces, me daba la impresión de que no cortan la conversación por temor a ser tenidos por antipáticos, así que mantenían la compostura y te seguían escuchando. Por eso, en ocasiones, me echaba para un lado e intentaba dar por zanjado el coloquio para que no fueran ellos los que tuvieran que tomar la iniciativa. En el otro lado de la balanza, en la misma ciudad, puedes encontrar personajes bastante oscuros y maleducados, pero esos, sinceramente, son los menos.

Eso me recuerda la conversación que tuve con Mikel y Agustín en un bar de ‘pintxos’ de la capital guipuzcoana. Agustín me comentaba –no sin ocultar la amargura- que alguna vez en Madrid lo había pasado mal por llevar matrícula de San Sebastián. En ciertas ocasiones, varios personajes le habían insultado por ser vasco. Por supuesto, yo le pedí disculpas en nombre de los madrileños que no confundimos el País Vasco con ciertos asesinos y le rogué que no pensará que todos los que somos ‘del foro’ somos iguales.

Mikel trabaja en un bar de pintxos, “como los de antes”, “ahora se han vuelto muy pijos, vas con tu plato dices los que quieres y te los cobran, a mi me gusta como antiguamente vas cogiendo los pintxos, de uno en uno, te los comes y luego me dices cuantos te has comido”, comenta confiado este camarero de una taberna situada en la zona vieja de San Sebastián. Me gustó seguir su ritual y para no equivocarme con la cuenta iba juntando ‘amarracos’ con cachos de palillo.

San Sebastián es de los sitios en los que parece que nunca va a dejar de llover, curiosamente es de esos emplazamientos en los que el agua parece que no moja o que por lo menos no molesta tanto cuando el aire está en calma. Por el contrario cuando sopla el viento el clima se torna algo desagradable. Sin embargo, pese al clima, es una de las ciudades de España –igual que en todo el País Vasco- donde hay más afición por el ciclismo; el carril bici se mezcla con las televisiones del interior de los autobuses donde se facilita información acerca de ciclistas profesionales.

Otro de los deportes que se siguen casi con fervor es la pelota vasca. En otra cena en la que me metí en un bar alejado del centro estaban retransmitiendo un partido de esta modalidad del frontón. Juegan dos contra dos, por equipos, uno de cada escuadra más cerca y otro más lejos de la pared, y hay que rebotar la pelota en el muro sin que bote más de una vez. Me sorprendió que, al rato, entró un cliente al bar y comentó la partida con el camarero, ambos se sabían los nombres de los pelotaris e incluso la edad.

Sin embargo, San Sebastián no es un sitio donde haya dificultades con el idioma, te saludan en castellano, te hablan en el mismo idioma y sólo se despiden con un ‘agur’ con forma de guiño que, en ningún momento, puede parecer ofensivo. Es curioso como en un autobús se oyen muy pocas voces en euskera y muchas en castellano.

Una de las cosas que más me gusta de la capital de Guipúzcoa es la mezcla de naturaleza con comodidad. San Sebastián puede ser una suma de Santander –mar y montaña- y Alicante –casas al lado del mar-. Una mezcla de matices, un conjunto de monte y cultura del siglo XXI que, para mi gusto, no desentona. Chillida, el Peine del Viento y el Palacio de Congresos Kursaal con el verde de la naturaleza y el relieve de San Sebastián. Pero si hay algo que está por encima de eso, es que todavía no ha llegado el Corte Inglés, pero, sin embargo, no te faltan sitios para comprar.

lunes, 8 de febrero de 2010

EL ‘PENSIONAZO’: LA FALTA DE IDEAS LLEVA A LA DEMAGOGIA


El ‘pensionazo’ es un ejemplo de como todos los políticos hacen demagogia. Todos -digo mal- los que salen a menudo en nuestros medios de comunicación, aquellos que se van a casa con los bolsillos llenos después de ‘trabajar’ durante cuatro años asegurándose una pensión vitalicia bastante más alta que los que han estado empleando toda su vida. Desde aquí defiendo el trabajo del político honrado que se deja la piel día a día por su pueblo, sin más reconocimiento que el de poderse mirar al espejo tranquilo. Por cierto, si alguien conoce alguno que me lo presente.

Demagogia es decir que porque la jubilación suba un par de años se va a solucionar el problema de las pensiones. Es demagogia barata y fácilmente desarmable, ya que son numerosos los ejemplos de empresas en las que se acuerda prejubilar a una parte de la plantilla para evitar engrosar las colas del INEM. Además, no son pocos los que se preguntan –con acierto- cómo va a ver trabajo para una persona de 66 si no lo hay para una de 25.

Pero también es demagogia llevar innumerables años hablando de la reforma en el sistema de pensiones –PP- y a posteriori, cuando un Gobierno de un tinte diferente al tuyo lo plantea (con cierta timidez y cobardía), intentar utilizar esa medida como estilete político. Menos claro, pero muy semejante a cuando desde la oposición se clamaba por fortalecer las cajas y bancos “para evitar un corralito”, y una vez que el Ejecutivo lo lleva a cabo, el portavoz económico del partido de las gaviotas, Cristóbal Montoro, declarar insistentemente que Zapatero quita dinero a las clases medias para darse a los banqueros.

Sin embargo, volviendo al tema de las pensiones, tengo que decir que yo apoyo la medida de retrasar la edad de jubilación –aunque establecería una cláusula de voluntariedad-. Defiendo la iniciativa, primero porque es necesario reforzar un sistema que se ve amenazado por la falta de ingresos, segundo porque la esperanza de vida ha subido notablemente desde que en la primera época de la dictadura se fijó los 65 años como edad de jubilación y tercero porque, además de que se suelen vivir 20 años más allá de la jubilación, un ser humano con 67 años puede trabajar perfectamente (dependiendo de la labor que desempeñe).

Esta argumentación no está lejos de las personas que piden que se finalice con las prejubilaciones masivas –TVE, por ejemplo- de hombres que están en condiciones de seguir desempeñando su trabajo, tampoco es distante de los que creen que se debe recortar el gasto público en burocracia, o de los que consideran que los primeros que se tienen que atar más corto el cinturón son los políticos. Jubilarse a los 67 sí, pero apoyado con otras medidas –de fomento de empleo, por ejemplo-, mirando la necesidad de cada sector, recortando privilegios de la clase política y borrando del panorama algunos ministerios inservibles.

lunes, 1 de febrero de 2010

ARBITROS, ABUSO DE AUTORIDAD


Parece un argumento manido, y sinceramente con la que está cayendo –dentro y fuera- me produce cierto sonrojo hablar de los árbitros que pueblan por los campos españoles. Esta vez es por un motivo diferente, siempre he admitido que los colegiados son humanos y que precisamente por eso se deben contar con nuestro respeto y nuestra admiración ya que tienen que tomar decisiones en muy poco espacio de tiempo.

Puesta la tirita en la herida que voy a propinar, ya me puedo despachar a gusto, aunque antes quiero añadir que como en todos los sectores de la vida hay grandes profesionales. Partido de domingo en un campo del polideportivo La Elipa, categoría senior, son las 11 de la mañana y como en las últimas semanas caliento junto a mis compañeros de ‘Los Parásitos’. En el ambiente impera el buen ambiente de siempre, hoy me tocaba ser defensa –suelo jugar en el medio- por falta de zagueros en el equipo.

Estiramos y tiramos a puerta mientras pasan los minutos. Son más de las 11 y nuestro capitán, Chavi, decide bajar a buscar al árbitro al vestuario para saber el motivo del retraso. El trencilla que pitaba hoy era nuevo en nuestra categoría y al parecer no tenía mucho ánimo de trabajar (aunque si de cobrar) por lo que decide suspender el partido porque, a pesar de que llevábamos en el terreno de juego 20 minutos, como él estaba escondido, le habíamos entregado las fichas a las 11.06. Así que el árbitro decide que no hemos comparecido ninguno de los dos equipos, por lo que ambas escuadras somos penalizadas con la supresión de un punto en la clasificación.

Los dos conjuntos decidimos bajar al completo para presionar al árbitro y que nos dé explicaciones ya que en todo el tiempo que llevamos jugando en la liga (alguno de mis compañeros más de 10 años) no se nos había presentado un problema similar. Sin embargo, el problema no es que el colegiado no quiera pitar (a pesar de que había tiempo suficiente), el conflicto se agrava cuando estoy yo sólo dentro de la caseta con el árbitro y me avisa, no sé a cuento de qué, de que él es el que decide, que es la autoridad que rellena el acta y que si quiere puede “poner que me has agredido o que me has insultado”.

La situación hay que extrapolarla y sirve de crítica para este país, en el que cualquiera que tiene un poco de poder se cree con derecho a faltar a la ética profesional y pisar a los que dependemos de él (aunque le paguemos nosotros), imagínense si este individuo –Miguel A. Canterín- fuera policía, concejal, juez o incluso médico. Un personaje que puede fastidiar a alguien sin meterse nada en el bolsillo, sólo por su propia ¿satisfacción? figúrense lo que puede hacer por ganar unos euros a costa de unos árboles que dificultan la construcción de un campo de golf, la seguridad de las personas o unos cuantos muertos más encima de la mesa de alguna funeraria.