"Si no podemos vivir juntos, moriremos solos"
Jack Shephard (Lost)

domingo, 4 de julio de 2010

UNA BUENA FORMA DE UNIR EL PAÍS


Hace muchos años cuando las naciones se diluían y se perdía la identidad como país una manera de conseguir que el estado se uniera era con la amenaza de un enemigo exterior, por eso se buscaban guerras contra un estado hereje, por ejemplo, o se perseguía a algunas personas por ‘el tipo de sangre’. Así, cuando España moría en la miseria del siglo XVI, entre grandes escritores y mejores letras, todo el mundo se sentía español porque había que acabar con los holandeses que nos daban motivos más que de sobra para aniquilarlos.

Dos siglos y pico más tarde un nuevo enemigo exterior volvía a unirnos, lo único que había avanzado en aquella España era la miseria y la pobreza que, como siempre resbalaba a la corte del monarca Fernando VII, un rey déspota y no precisamente ilustrado. Sin embargo, cuando Francia nos invadió todo hijo de vecino se sentía español, volvíamos a ser un país. De tal forma que hasta Fernando VII, por haber nacido en San Lorenzo del Escorial, nos parecía un paisano digno de que muriéramos en su defensa.

La unión por miedo a naciones foráneas no quedó aquí. A pesar de alegatos como aquél de Marx que decía ¡obreros del mundo uniros! Las guerras mundiales fueron ejemplos de cómo los países hacían piña, generalmente en torno a un tirano, por sobrevivir a amenazas externas. Una vez finalizadas las guerras mundiales, y pese a que es imposible iniciar un enfrentamiento bélico entre dos grandes potencias por miedo a una superdestrucción generada por el armamento nuclear, la amenaza del diferente ha sido, una vez más, un motivo para unir a las personas en torno a una bandera.

Al Qaeda, un ataque terrorista, ántrax… muchas formas de sembrar el pánico y de hacer que los ciudadanos se sientan aún más estadounidenses, por ejemplo. También hay otras nuevas formas de crear patria, fundadas en amenazas aunque ahora ya no de terceros países: el efecto 2000 -¿lo recordáis?-, las vacas locas, la gripe aviar, la más reciente gripe A, el volcán islandés…. Todas ellas una forma de evitar discusiones políticas, pero de una manera que el miedo común nos acerque más a nuestros compatriotas y a nuestra bandera.

El fútbol –el circo del siglo XX y XXI– es otro invento más que no se creó con la intención de que no se hablara de política, pero que lo lleva consiguiendo después de más de 150 años de existencia. Sin embargo, el ‘deporte rey’ ha conseguido unir muchos países en torno a una bandera sin ser una amenaza que ponga en riesgo nuestra integridad. Desde hace dos semanas, las calles españolas amanecen adornadas por una bandera que nadie discute y que es la roja y gualda. De la misma manera que ninguna de las ‘dos españas’ –que tenga un poco de sentido común– debería renegar de que a la selección se le llame ‘la roja’ –porque ése es el color de su camisa- igual que a la italiana se le llama la ‘azzurra’ o a la argentina la ‘albiceleste’.

En definitiva, un sentimiento positivo como es el que se basa en el esfuerzo, el trabajo en equipo, la lucha entre 22 caballeros (la mayoría de las veces cuando acaba el duelo se dan la mano, se cambian las camisetas y se consuelan entre los equipos) consigue unir un país –en la selección juegan catalanes, vascos, canarios, madrileños, sevillanos, asturianos– bajo una bandera y un mismo color.
Más allá de guerras y de amenazas, cuando ayer el ‘7’ de Paraguay se ponía delante de Casillas para lanzar el penalti, todos nos sentimos tan españoles como hace 202 años cuando nos atacaban los franceses, con la ventaja de que sabíamos que el mundial es un juego. Si el circo vale para unir un país, ¡viva el circo!

sábado, 26 de junio de 2010

BBVA, LOS LADRONES DE GUANTE BLANCO


Por desgracia y por razones azarosas del destino que desconozco, desde antes de que yo naciera, al lado de mi casa había un Banco Argentaria que, por motivos económicos, se fusionó con el Banco Bilbao Vizcaya convirtiéndose en el BBVA.

Estas desconocidas razones son las que me han hipotecado a estar ligado a una entidad que nunca ha mirado, ni siquiera ligeramente, por el bien de sus clientes y que ya desde el primer momento me ha intentado sacar todo lo que ha podido, empezando por unas comisiones de 18 euros cada seis meses, a pesar de que cuando abrí la cuenta tenía 18 años y ningún banco cobra a personas tan jóvenes gastos de mantenimiento. Después de un año y medio me percate de que me estaban sacando unos intereses de los que no me habían informado cuando cree la cuenta y pedí que me los devolvieran.

Y es que, generalmente, la gente va al banco al que iban sus padres, y resulta que, por aquello de la cercanía, mis padres iban al BBVA. Todo esto venía a que esta mañana se me ha quedado la tarjeta de crédito –aunque realmente es de débito- atascada en un cajero. En principio, esto no debería suponer un gran problema, si no fuera porque cuando llamas a los teleoperadores, detrás de su amabilidad aparente, se esconde un comportamiento frío y totalmente interesado que viene fijado por sus ‘superiores’.

Desde el primer momento se nota que el cliente les importa poco y que les interesa sólo su dinero. Nosotros no somos personas, somos números de cuenta. Nada más iniciar la conversación con la operadora le pido, por favor, que pongan fuera de servicio el cajero de la calle Maldonado 55, porque mi tarjeta no es la única que se ha quedado atrapada, todo el que pasa por ahí, -según me ha comentado un chaval del Caprabo que se ha portado muy bien- y saca dinero pierde la tarjeta. La respuesta de mi interlocutora es “no podemos cerrar un cajero por una incidencia”, “perdone, le he dicho que no es una incidencia aislada es que se está comiendo todas las tarjetas”. “Da igual, como mucho lo reiniciaremos”.

Como me ha tocado estar casi una hora hablando con las operadoras –divido en dos llamadas porque ninguna de las dos me ha podido solucionar el problema de ‘es sábado, no tengo un euro y la tarjeta se la ha quedado el banco, porque su cajero está en mal estado, búsquenme una solución, porque necesito sacar dinero’ y las dos me han dado mal la información y no podía operar sin tarjeta hasta que una tercera me ha llamado (media hora más tarde) y me ha dado la clave.

Lo más cachondo del caso es que, a pesar de ser el banco el que me ha perjudicado porque tiene el cajero en mal estado, voy a ser yo el que tenga que pagar al BBVA para que me creen una nueva tarjeta. Sí, son 3 euros, pero a eso hay que sumarle la llamada de cerca de cuarenta minutos al 902 22 44 66. Y por si eso fuera poco he perdido el tren que iba a coger para ver a mi abuela paterna, porque no contaba con estar una hora atrapado en un cajero. Conclusión: por culpa del BBVA he perdido tiempo y dinero y encima tengo que pagar yo al banco.

Una hora después, seguía liado con el teléfono y mi llamada eterna, y se le ha quedado una tarjeta a una señora, he avisado de la incidencia a varias personas para que no se fastidiaran, pero, claro, te descuidas un momento y se te cuela una mujer mayor. De todas formas, no es mi trabajo estar en la puerta de un banco para que la gente no se quede sin tarjeta. Visto como actúa el BBVA no me extraña que sea el segundo banco más solvente de Europa, su frialdad, sus artes de ladrón de guante blanco y su prepotencia le auguran un buen futuro. Todo será cuestión –como le he dicho a la teleoperadora– de cambiarse de banco para que me roben en otro lado.

lunes, 7 de junio de 2010

BÁRBAROS


Hace unos días me escribía una persona de comunicación del Ayuntamiento de Barcelona, en respuesta a unas preguntas que la realicé sobre los planes de la ciudad condal en relación con el vehículo eléctrico. Por supuesto, el cuestionario que le mandé estaba en castellano y la conversación que mantuve con la funcionaria fue en el idioma de Cervantes.

Después de unos días de esperar la información, me envía, justo el día en el que teníamos que cerrar la revista, cinco folios en catalán. Cuando leí el correo electrónico que me había enviado, le pedí explicaciones porque no concibo que si mandas información a un medio que trabaja en Madrid la remitas en un idioma que no tengo porque entender. Y más teniendo en cuenta que la labor de un gabinete de prensa es facilitar la comunicación.

La respuesta de la empleada del Ayuntamiento de Barcelona fue que entender el catalán no es muy difícil, a lo que yo la respondí que más fácil sería que ella me hubiera escrito en un idioma que entendemos los dos.

Respeto la cultura y la lengua de los diferentes lugares de España, pero no veo con buenos ojos que en un momento en el que hay que tender puentes y crear una sociedad más armonizada a nivel mundial, algunos se dediquen a poner más barreras para que falte el entendimiento. Mantener la cultura no significa imponerla al resto de lugares y personas.

Una de las frases más inteligentes que he escuchado a un político la dijo el presidente del Congreso de los Diputados en la anterior legislatura, Manuel Marín: “el idioma está para entenderse”, le espetó a un parlamentario catalán empeñado en no hacerse entender en un idioma que no utiliza ni un 10% de la Cámara -que representa a todos los españoles- para la que hablaba.

A aquéllos que utilizan una lengua para que no les entiendan las personas que les están escuchando sólo se les puede llamar bárbaros. Bárbaros, como llamaban los griegos a las personas que “hablaban un idioma ininteligible”, con la única diferencia de que los bárbaros no elegían la lengua que hablaban y los que hablan dos y eligen la ininteligible lo hacen con un propósito que es difícil de entender.

viernes, 4 de junio de 2010

A YOGURT DE FRESA


Desde que Victoria Beckham, ese personaje del mundo de la cultura que se vanagloriaba de que nunca había leído un libro, habló de que Madrid olía a ajo –por no decir a ‘fritanga’- me rondaba la cabeza la idea de la relación de los lugares y sus olores. De hecho, hace tiempo escribí un reportaje para una gaceta local que titulé “los olores de Cuba”.

Sin embargo, hoy me he dado cuenta de que lo que define un lugar –igual que una piel– son los sabores o mejor dicho el sabor, porque al final sólo queda uno. Esta idea me surgió cuando una amiga checa de mi hermano comentó, mientras lamía la tapa de un yogurt de fresa: “España me sabe a yogurt de fresa, aunque los yogures de fresa de España no saben a fresa”.

En ese momento pensé que quizás tenía razón. A mi, por ejemplo, Marruecos me sabe a la especie que le echan al tallín, igual que Ámsterdam me recuerda al sabor de unas galletas muy muy dulces que había en todos los supermercados y que empalagaban un montón. Sabores más rocambolescos puede ser el aroma de la lasaña del Lidl que me recuerda a la rutas que hacíamos Pablo y yo por las cunetas de Portugal o el de la botella de Burdeos que compramos por 3 euros en París, enfrente del Arco de Triunfo, y que es el mejor vino que he probado nunca.

Hay otros lugares de los que me cuesta sacar un sabor en concreto porque he pasado más tiempo en ellos, éste es el caso de Italia. Sin embargo, si recuerdo como sabía aquel plato por el que íbamos muy a menudo a un bufete de Torino, y que nosotros llamábamos ‘conejo’ aunque realmente no teníamos ni idea de que animal era la carne que engullíamos.

Podría seguir enumerando lugares y sabores, pero no tengo ninguna pretensión de describirlos todos, me limito a hacer una reflexión que se me ocurrió a raíz de un comentario de Jana y que quería compartirla con aquéllos que todavía os sacáis un hueco para pasaros por aquí. Por cierto, ¿a qué os sabe mi/vuestro blog?

lunes, 31 de mayo de 2010

AÚN QUEDAN NIÑOS


Tenía ganas de escribir este texto. Hace no mucho tiempo tuve la fortuna de compartir un fin de semana con niños de verdad. Sí, con ese tipo de niños que hacen mil preguntas para las que no sueles tener respuestas, y que te obligan a inventarte historias, esos pequeños que te hacen correr de un lado al otro detrás de ellos y que, a veces, cuando se acaba el día y te sientas maldices sus ganas de juego porque a ti ya no te llegan las pilas.

Sin embargo, no dejas de interactuar con ellos porque notas que te lo agradecen y porque de alguna forma estás obligado. No dar una respuesta a un niño es crearle mil incertidumbres, no jugar con ellos es hacerles creer que ya no les importas. Me gusta que queden niños que te intenten engañar para repetir cuando comen macarrones, pero que se escaqueen de comer pescado. Un crío tiene que ser espabilado y pícaro.

Pero aún me maravilla más que cuando le preguntas dos veces por algo, a la tercera no te mienten y reconocen que te estaban engañando. Los adultos no solemos reconocer una falacia aunque nos pillen con las manos en la masa.
De alguna forma sacan lo mejor de ti, porque te exigen que les des una explicación. Nunca les vale un “porque no” o un “porque sí” y esa inquietud deberíamos mantenerla toda la vida. La exigencia de hacer preguntas y de buscar respuestas.

Un pueblo de Toledo, Boys Scouts, una granja escuela, lobatos (niños de 8 a 11 años), castores (de 6 a 8)… Dicho de otra forma niños inquietos o padres que quieren desembarazarse de sus hijos durante un fin de semana, pero al fin y al cabo chavales que se alejan de ordenadores, de móviles y también de la ciudad y que caminan por un sendero lleno de barro, sin más pretensión que la de hacer ejercicio y conocer mejor la tierra.

Me gusta que queden niños como Jaime o Sergio a los que te cansas de perseguir porque les encanta sacar de quicio a sus monitores. Al final, aunque sean unos ‘trastos’, son cariñosos y educados cuando tienen que serlos. A los niños hay que incentivarlos y no sólo les tienes que decir lo que hacen mal, también es necesario que se les diga lo que hacen bien.

Lo pasé muy bien hace unas semanas y quería contártelo. Para los niños –como llevo una trenza de pelo fina en el lado derecho- soy Avatar o Anakin. Pero prefiero pensar que me recuerdan como el Scout (a pesar de no tener un pañuelo que me acredita como tal) que les hizo sonreír, les escuchó y les respondió a las 1000 preguntas que no tenían respuesta. Por suerte, aún quedan niños. No perdamos la paciencia.

lunes, 24 de mayo de 2010

HISTORIA DE UN CARTEL


Éste es el correo que mandé a mi mejor amiga hace dos años, afortunadamente hemos sabido conservar la relación, pero no siempre pasa igual:

"Se llamaba Maite, igual alguna vez te he hablado de ella o igual no, era mi mejor amiga cuando tenía 15 años. Maite pasaba todas las tardes sola con su hermana, aunque no es demasiado cierto porque siempre estaba rodeada de gente. Se puede decir así, porque es difícil considerarlos amigos.

Maite vivía al lado de la plaza de Dali, un lugar donde pasábamos las tardes rodeados de más gente, cuando hacia frío todos nos refugiábamos en casa de Maite, jugábamos a la play, echábamos unas risas...

El caso es que pasado un tiempo, por razones que aunque semejantes son diferentes y que además no me apetece escribir, entre otras cosas, porque está en la nebulosa del pasado... Nos empezamos a distanciar. Recuerdo que Maite se empezó a arrimar bastante a una conocida mía que se llamaba Alicia, y que después empezó a salir con un colega mío al que le llamábamos Checa. Y seguro que pasó algo más, porque empezamos a tratarnos de forma diferente.

Un día Maite me dijo que se iba a vivir, por un tiempo, con su padre, me sonó mal porque su padre era escolta en Bilbao, no se si se codeaba con las élites, pero igualmente estaba en el punto de mira.... No me apeteció pedirla la dirección, no estaba seguro que se la supiera y mucho menos de que me la quisiera dar. Así que nada, un abrazo y un recuerdo.

Un tiempo después vi a Checa, su novio, y me dijo que lo habían dejado hacia bastante tiempo. Sospeché que Maite por vergüenza por haberme dejado tirado no me dijo nada de que volvía a estar sola. Yo soy igual de culpable que ella, nunca le pregunté como le iba o si necesitaba algo, yo me limité a guardar silencio y a esperar su llamada....

Alguna vez pase por su calle a ver si había decidido volver a su casa con su madre, pero nunca supe nada de ella ni de su hermana Mar.

Ayer, pasé por casa de Maite, era domingo y volvía de ver las bicis en el corte inglés de Goya, era pronto para meterme en casa y tarde para andar solo por la calle. Pensé que igual se acordaba de mí, que igual tenía un abrazo y que quizás estaría dispuesta a escuchar mis disculpas y mi historia. En la puerta, una chica volvía con una maleta, seguramente de vacaciones, la saludé y me devolvió el saludo.

Llamé al 4º izquierda del número 21, parece mentira que después de tanto tiempo me acordase tan bien de donde vivía mi amiga, mi mejor amiga, habían pasado 5 años...
Toqué el timbre y me imaginé la cara de Maite preguntándose quién sería un domingo a las 21.00.

Una ilusión, porque nadie me cogió el telefonillo. Entonces, mire hacia arriba y busqué la ventana desde la que Kuko había tirado una botella de 'whisky' vacía, por la que multaron a la pobre Maite.
De Maite, la botella y su ventana sólo quedaba un cartel que ponía "SE VENDE".

(Esta claro que cuando te distancias de alguien corres el riesgo de encontrarte un puñetero cartel)"

viernes, 7 de mayo de 2010

EL MITO DEL FUNCIONARIO


Cuenta la leyenda que los funcionarios son personas que no suelen hacer mucho, que se quejan bastante y que como norma general no cobran mal. De ellos, se dice que hasta se echan desodorante en el dorso de la mano, porque es lo único que les suda como motivo de que su trabajo consiste en eso: enfundarse las manos debajo de los sobacos.

Hay quien dice que hasta alguno de ellos tuvo que buscar la palabra sudor en el diccionario y que la primera vez que les brotó este líquido por la frente se asustaron bastante. Son las 21.30 y estoy trabajando, no, no soy funcionario. Soy periodista y en nuestro gremio se supone que a veces no tenemos horarios, como principal consecuencia de que la información surge a cualquier hora y de que los cierres de números a veces nos pillan en ropa interior femenina.

Sin embargo, hoy me he encontrado a dos funcionarios trabajando, como yo, a pesar de que era viernes por la tarde-noche. Los dos extraños sujetos pertenecen a diferentes gabinetes de comunicación uno al del Ministerio de Industria y otro a la Consejería de Industria del Gobierno de Aragón. Estoy a la búsqueda de un médico de cabecera para que trate la enfermedad de estos dos personajes, pero por aquello de que son funcionarios no hay ninguno a la vista.