
Hace muchos años cuando las naciones se diluían y se perdía la identidad como país una manera de conseguir que el estado se uniera era con la amenaza de un enemigo exterior, por eso se buscaban guerras contra un estado hereje, por ejemplo, o se perseguía a algunas personas por ‘el tipo de sangre’. Así, cuando España moría en la miseria del siglo XVI, entre grandes escritores y mejores letras, todo el mundo se sentía español porque había que acabar con los holandeses que nos daban motivos más que de sobra para aniquilarlos.
Dos siglos y pico más tarde un nuevo enemigo exterior volvía a unirnos, lo único que había avanzado en aquella España era la miseria y la pobreza que, como siempre resbalaba a la corte del monarca Fernando VII, un rey déspota y no precisamente ilustrado. Sin embargo, cuando Francia nos invadió todo hijo de vecino se sentía español, volvíamos a ser un país. De tal forma que hasta Fernando VII, por haber nacido en San Lorenzo del Escorial, nos parecía un paisano digno de que muriéramos en su defensa.
La unión por miedo a naciones foráneas no quedó aquí. A pesar de alegatos como aquél de Marx que decía ¡obreros del mundo uniros! Las guerras mundiales fueron ejemplos de cómo los países hacían piña, generalmente en torno a un tirano, por sobrevivir a amenazas externas. Una vez finalizadas las guerras mundiales, y pese a que es imposible iniciar un enfrentamiento bélico entre dos grandes potencias por miedo a una superdestrucción generada por el armamento nuclear, la amenaza del diferente ha sido, una vez más, un motivo para unir a las personas en torno a una bandera.
Al Qaeda, un ataque terrorista, ántrax… muchas formas de sembrar el pánico y de hacer que los ciudadanos se sientan aún más estadounidenses, por ejemplo. También hay otras nuevas formas de crear patria, fundadas en amenazas aunque ahora ya no de terceros países: el efecto 2000 -¿lo recordáis?-, las vacas locas, la gripe aviar, la más reciente gripe A, el volcán islandés…. Todas ellas una forma de evitar discusiones políticas, pero de una manera que el miedo común nos acerque más a nuestros compatriotas y a nuestra bandera.
El fútbol –el circo del siglo XX y XXI– es otro invento más que no se creó con la intención de que no se hablara de política, pero que lo lleva consiguiendo después de más de 150 años de existencia. Sin embargo, el ‘deporte rey’ ha conseguido unir muchos países en torno a una bandera sin ser una amenaza que ponga en riesgo nuestra integridad. Desde hace dos semanas, las calles españolas amanecen adornadas por una bandera que nadie discute y que es la roja y gualda. De la misma manera que ninguna de las ‘dos españas’ –que tenga un poco de sentido común– debería renegar de que a la selección se le llame ‘la roja’ –porque ése es el color de su camisa- igual que a la italiana se le llama la ‘azzurra’ o a la argentina la ‘albiceleste’.
En definitiva, un sentimiento positivo como es el que se basa en el esfuerzo, el trabajo en equipo, la lucha entre 22 caballeros (la mayoría de las veces cuando acaba el duelo se dan la mano, se cambian las camisetas y se consuelan entre los equipos) consigue unir un país –en la selección juegan catalanes, vascos, canarios, madrileños, sevillanos, asturianos– bajo una bandera y un mismo color.
Más allá de guerras y de amenazas, cuando ayer el ‘7’ de Paraguay se ponía delante de Casillas para lanzar el penalti, todos nos sentimos tan españoles como hace 202 años cuando nos atacaban los franceses, con la ventaja de que sabíamos que el mundial es un juego. Si el circo vale para unir un país, ¡viva el circo!





